"Los cuentos son una medicina. Tienen un poder extraordinario; no exigen que hagamos, seamos o pongamos en práctica algo: basta con que escuchemos. Los cuentos contienen los remedios para reparar o recuperar cualquier pulsión perdida". Clarissa Pinkola Estés.

jueves, 30 de marzo de 2017

Narada



El sabio indio Narada partió en peregrinación hacia el templo del Señor Vishná. Una noche se detuvo en una aldea y le dieron asilo en la choza de una pobre pareja. A la mañana siguiente, antes de que marchara, el hombre le dijo a Narada: «Ya que vas a ver al Señor Vishná, pídele que nos conceda un hijo a mi mujer y a mí porque son muchos años ya los que llevamos sin descendencia».

Cuando Narada llegó al templo, dijo al Señor:
«Aquel hombre y su mujer fueron muy amables conmigo. Ten compasión de ellos y dales un hijo». El Señor de un modo terminante, le replicó: «En el destino de ese hombre no está el tener hijos». De modo que Narada, una vez hechas sus devociones, regresó a casa. 

Cinco años más tarde emprendió la misma peregrinación y se detuvo en la misma aldea, siendo hospedado una vez más por la misma pareja. Pero en esta ocasión había dos niños jugando a la entrada de la choza.
 
«¿De quién son estos niños?», preguntó Narada. «Míos», respondió el hombre. Narada quedó desconcertado. Y el hombre prosiguió: «Hace cinco años, poco después de que tú te marcharas, llegó a nuestra aldea un santo mendigo. Nosotros le dimos hospedaje aquella noche. Y a la mañana siguiente, antes de partir nos bendijo a mi mujer y a mí... y el Señor nos ha dado estos dos hijos».

Cuando Narada lo oyó, no pudo esperar más y marchó inmediatamente al templo del Señor Vishnú. Una vez allí, gritó desde la misma entrada del templo: «¿No me dijiste que no estaba en el destino de aquel hombre el tener hijos? ¿Cómo es que ahora tiene dos?».

Cuando el Señor le oyó, rió sonoramente y dijo: «Debe de haber sido cosa de un santo. Los santos tienen el poder de cambiar el destino».

jueves, 9 de marzo de 2017

La dama del colmillo verde

Se cuenta la historia de los cinco hijos del rey irlandés Eochaid; de cómo, un día que fueron de ca­cería, se encontraron perdidos, cercados por todas partes. Como estaban sedientos, partieron uno por uno en busca de agua. Fergus fue el primero y llegó a una fuente en donde encontró a una anciana de pie.

El aspecto de la vieja era éste: más negro que el carbón era cada pedazo y parte de su cuerpo, de la cabeza al suelo; comparable a la cola de un caballo salvaje era la grisácea y metálica masa del pelo que crecía en la parte superior de su cabeza, tenía en la cabeza una hoz, un colmillo verdoso que se curvaba hasta tocar su oreja y con ella podía cortar la rama verde de un encino en pleno florecimiento; tenía los ojos oscurecidos y nublados de humo; la nariz ganchuda, de aletas amplias; la barriga arrugada y pecosa, de diversas maneras enfer­ma; deformes y torcidas las pantorrillas, que terminaban en pesados tobillos y un par de enormes patas; tenía las rodillas nudosas y las uñas lívidas.

Toda la descripción de la dama era de hecho asquerosa. ‘Así eres ¿no es verdad?’, dijo el muchacho. ‘Así mismo soy’, contestó ella. ‘¿Es verdad que estás cuidando la fuente?’, preguntó él, y ella dijo: ‘Es verdad’. ‘¿Me das permiso de llevarme un poco de agua?’ ‘Te lo doy —consintió ella—, pero primero has de besarme en la mejilla’. ‘De ningún modo’, dijo él. ‘Entonces no te he de conceder el agua’. ‘Te doy mi palabra —dijo él—, de que prefiero perecer de sed antes que darte un beso.’ Entonces el joven regresó al lugar adonde estaban sus hermanos y les dijo que no había podido conseguir el agua. Olioll, Brian y Fiachra de la misma manera fueron en su busca e igualmente llegaron a la misma fuente.

Cada uno de ellos le pidió el agua a la vieja, pero le negó el beso. Finalmente fue Niall y llegó a la misma fuente. “ ‘¡Déja­me tomar agua, mujer!’, le gritó. ‘Te la daré —dijo ella— si me das un beso.’ Él contestó: ‘No sólo te daré un beso sino que te abrazaré’. Entonces se inclinó a abrazarla y le dio un beso. Cuando terminó dicha operación y él la miró, no había en el mundo entero una joven de porte más gra­cioso, ni universalmente más hermosa que ella: de la cabe­za al suelo, cada una de sus partes podía ser comparada a la nieve recién caída que yace en los surcos; redondeados y exquisitos eran sus brazos, sus dedos largos y delgados; tenía las piernas derechas y de adorable color; dos sanda­lias de bronce blanco embellecían sus pies blancos y suaves y la tierra que pisaba; la ceñía un amplio manto del más fino vellón de color escarlata y en dicho indumento un broche de plata blanca; tenía brillantes dientes como perlas, ojos grandes y regios, la boca roja como el fruto del fres­no.

‘Esto, mujer, es un conjunto de encantos’, dijo el joven. ‘Eso es verdad’. ‘Y ¿quién eres tú?’, insistió él. ‘El Poder Real soy yo’, y pronunció lo siguiente:‘Rey de Tara. Yo soy el Poder Real...’ ‘Ve ahora —dijo ella— a tus hermanos y lleva contigo el agua; de hoy en adelante, para ti y para tus hijos ha de ser para siempre el reinado y la fuerza suprema... Y así como primero me has visto fea, brutal y repugnante, y al final hermosa, así es el poder real: porque sin batallas, sin feroces conflictos no puede ganarse; pero al final, aquel que es rey no importa de qué, se muestra siempre gentil y hermoso.’

 Extraído de "El Héroe de las mil caras" de Joseph Campbell

martes, 7 de marzo de 2017

Empezar por lo pequeño



Un asceta meditaba profundamente en su cueva cuando se sintió molestado por un ratoncillo que se puso a roer sus ropas.
-Márchate estúpido -dijo el ermitaño-. ¿No ves que has interrumpido mi meditación?
-Es que tengo hambre -contestó el ratón.
-Llevaba más de treinta días de meditación buscando la unidad con Dios y me has hecho fracasar -se lamentó el ermitaño.
-¡Cómo buscas la unidad con Dios si no puedes siquiera sentirte unido a mí que sólo soy un simple ratón? -respondió el roedor.

Las puertas del infierno y del paraíso

"Las puertas del infierno y del paraíso”.
Un samurái se presentó delante del maestro zen Hakuin y le preguntó: “¿Existen realmente el infierno y el paraíso?”.
– ¿Quién eres tú?- preguntó el Maestro.
– Soy un samurái.
– ¡Tú, un guerrero! – exclamó Hakuin. Pero mírate bien ¿qué señor va a querer tenerte a su servicio? Pareces un mendigo. La cólera se apoderó del samurai. Aferró su sable y lo desenvainó. Hakuin continuó:
– Ah, ¡pero si incluso tienes un sable! Aunque seguramente eres demasiado torpe para cortarme la cabeza con él. Fuera de sí, el samurai levantó su sable dispuesto a golpear al maestro. En ese momento éste le dijo:
-Aquí se abren las puertas del infierno.
Sorprendido por la seguridad tranquila del monje, el samurai envainó el sable y se inclinó respetuosamente.
-¡Aquí se abren las puertas del paraíso!
(Citado por P. Faulliot, El blanco invisible)

Aun la llevas contigo

Dos monjes estaban peregrinando de un monasterio a otro y durante el camino debían atravesar una vasta región formada por colinas y bosques.
Un día, tras un fuerte aguacero, llegaron a un punto de su camino donde el sendero estaba cortado por un riachuelo convertido en un torrente a causa de la lluvia. Los dos monjes se estaban preparando para vadear, cuando se oyeron unos sollozos que procedían de detrás de un arbusto. Al indagar comprobaron que se trataba de una chica que lloraba desesperadamente. Uno de los monjes le preguntó cuál era el motivo de su dolor y ella respondió que, a causa de la riada, no podía vadear el torrente sin estropear su vestido de boda y al día siguiente tenía que estar en el pueblo para los preparativos. Si no llegaba a tiempo, las familias, incluso su prometido, se enfadarían mucho con ella.
El monje no titubeó en ofrecerle su ayuda y, bajo la mirada atónita del otro religioso, la cogió en brazos y la llevó al otro lado de la orilla. La dejó ahí, la saludó deseándole suerte y cada uno siguió su camino.
Al cabo de un rato el otro monje comenzó a criticar a su compañero por esa actitud, especialmente por el hecho de haber tocado a una mujer, infringiendo así uno de sus votos. Pese a que el monje acusado no se enredaba en discusiones y ni siquiera intentaba defenderse de las críticas, éstas prosiguieron hasta que los dos llegaron al monasterio. Nada más ser llevados ante el Abad, el segundo monje se apresuró a relatar al superior lo que había pasado en el río y así acusar vehementemente a su compañero de viaje.
Tras haber escuchado los hechos, el Abad sentenció: "Él ha dejado a la chica en la otra orilla, ¿tú, aún la llevas contigo?".

Interpretando los símbolos



Una vez un monje mendicante llegó a un monasterio en busca de alojamiento. Según
la tradición lo normal era entablar con el recién llegado un debate sobre distintos aspectos de la enseñanza budista en el que se ponía a prueba tanto al huésped como a los monjes del cenobio. Pero aquel día todos estaban muy cansados, así que el abad decidió que el debate corriera a cargo de un monje que, además de tuerto, tenía pocas luces.
El abad decidió aconsejarlo:
-Como no tienes mucho conocimiento ni facilidad de palabra, procura que el debate se haga en silencio, y además intenta que sea lo más corto posible.
A la mañana siguiente, el abad se encontró con el visitante, que ya partía.
-¿Qué tal fue el debate? -preguntó.
-Puedes sentirte satisfecho de tus monjes, él dijo ser el más torpe de todos, pero confieso que me derrotó claramente por su elevada comprensión del budismo.
-Cuéntame cómo fue el diálogo -rogó el abad.
-Para empezar, yo levanté un dedo, queriendo expresar al Buda. Él contestó levantando dos dedos, haciéndome ver que una cosa era el Buda y otra sus enseñanzas. Yo entonces levanté tres dedos, indicando al Buda, su enseñanza y sus monjes. Pero a continuación él lanzó un puño contra mi cara haciéndome entender que todo parte de una comprensión única y definitiva. No supe qué contestar, así que, derrotado, me marcho de tu monasterio.
Instantes después apareció el monje tuerto, y el abad le pidió el relato de lo ocurrido en el debate.
-Ese hombre era un maleducado, empezó levantando un dedo recordándome que yo tenía solo un ojo; yo fui benevolente y levanté los dos dedos en señal de que él afortunadamente tenía los dos ojos, pero insistió en el insulto al levantar los tres
dedos mostrando que entré él y yo teníamos tres ojos, así que le di un puñetazo. Entonces se levantó y se dio la vuelta sin decir nada.

Todos tenemos grietas

Un hombre cargador de agua de India tenía dos grandes vasijas que colgaban a los extremos de un palo y que llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba todo el agua al final del largo camino a pie desde el arroyo hasta la casa de su patrón; en cambio cuando llegaba, la vasija rota solo tenía la mitad del agua.
Durante dos años completos esto fue así diariamente, desde luego la vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, pues se sabía perfecta para los fines para los que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección, y se sentía miserable porque solo podía hacer la mitad de todo lo que se suponía que era su obligación.
Después de dos años, la tinaja quebrada le hablo al aguatero:
-“Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas solo puedes entregar la mitad de mi carga y solo obtienes la mitad del valor que deberías recibir.”
El aguatero le dijo compasivamente:
-“Cuando regresemos a la casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino”. Así lo hizo la tinaja. Y en efecto, vio muchísimas flores a lo largo del trayecto. Sin embargo se sintió apenada porque solo quedaba dentro suyo, la mitad del agua que debía llevar.

El aguatero le dijo entonces:
-“¿Te diste cuenta de que las flores solo crecen en tu lado del camino? Siempre he sabido de tus grietas y quise sacar el lado positivo de ello. Sembré semillas de flores a lo largo camino por donde vas y todos los días las has regado y por dos años yo he podido recoger estas flores. Si no fueras exactamente como eres, con todo y tus defectos, no hubiera sido posible crear esta belleza.”

jueves, 8 de enero de 2015

Eros y Psique











Mito de Eros y Psique


En una ciudad de Grecia había un rey y una reina que tenían tres hijas. Las dos primeras eran  hermosas. Pero para describir la belleza de la tercera, llamada Psique (en griego significa alma), no era posible hallar palabras en el lenguaje humano. 

Tan hermosa era que sus conciudadanos, y un buen número de extranjeros, acudían a admirarla. Incluso dieron en compararla a la propia Afrodita, y no advirtieron que, al descuidar los ritos dedicados a esta diosa, tal vez estaban atrayendo sobre la bella y bondadosa joven un destino funesto. 

Psique con el correr del tiempo, fue conociendo el precio amargo de su hermosura. Sus hermanas mayores se habían casado ya, pero nadie se atrevía a pedir su mano: al fin y al cabo, la admiración es vecina del temor. Ningún mortal se juzgaba digno de su belleza y todos le rendían culto como una nueva diosa… 

Sus padres al ver que la menor no tenía pretendientes, consultaron al oráculo. Este les ordenó que vistiesen a su hija con la mejor de las galas nupciales y la dejara en la cima de la montaña abandonada a su suerte: 

-“A lo más alto del monte la llevarás, donde la desposará un ser ante el que tiembla el mismo Zeus”. El corazón de los reyes se heló, y donde antes hubo loas, todo fueron lágrimas por la suerte fatal de la bella Psique. Ella, sin embargo, avanzó decidida al encuentro de su desdicha. 

Los templos de Afrodita comenzaron a vaciarse pues la gente prefería rendirle honores a la hermosa Psique. Ella, la diosa que está en el origen de todos los seres, herida en su orgullo, le encargó a su hijo Eros: 

-“Haz que Psique se inflame de amor por el más horrendo de los monstruos” y, dicho esto, se
sumergió en el mar con su cortejo de nereides y delfines. 

Eros acudió con presteza a cumplir la orden de su madre. Sobre un lecho de roca quedó muerta de miedo Psique, en lo alto del monte, mientras el fúnebre cortejo nupcial se retiraba. 

Cuando Eros vio a Psique en el peñasco, condenada por el oráculo a esperar pasivamente por su casamiento con la más terrible de las criaturas, se apasionó perdidamente por ella. Y al ver su hermosura tomó una de sus flechas y se la clavó en su propio el pecho, quedando profundamente enamorado. 

Luego Eros levantó un viento, se la llevó en volandas y la depositó suavemente en una pradera cuajada en flor. La llevó a su palacio como su esposa, con la condición de que ella mantuviese los ojos vendados sin jamás verle su rostro. 

Así, comenzaron una relación en la que Psique sólo se encontraba con Eros, en la Oscuridad. En la claridad del sol él se ausentaba. 

Psiqué estaba asombrada por la factura del edificio y sus estancias; la asombraban unas unas voces angélicas la invitaban a comer espléndidos platos, resonaban música, se le ofrecían vestidos, joyas y banquetes. Al caer la noche su secreto marido se había deslizado junto a ella y la hacía suya. Antes del amanecer partía dejándola nuevamente sola en el palacio. 

Así pasaba Psique sus días de soledad y sus noches de placer. La singular pareja había encontrado su equilibrio. 

Tras un tiempo, Psique comenzó a extrañar a sus hermanas y le manifestó a Eros su deseo de encontrarse con ellas. Ante esa demanda su desconocido marido le advirtió: 

-“Psique, tus hermanas querrán perderte y acabar con nuestra dicha”.

-“Mas añoro mucho su compañía” dijo ella entre sollozos. “Te amo apasionadamente, pero querría ver de nuevo a los de mi sangre”.
 
-“Sea”, contestó el marido, y al amanecer se escurrió una vez más de entre sus brazos.

De día aparecieron junto a palacio sus hermanas y le preguntaron envidiosas, quién era su rico marido.

- Ella titubeó y dijo, “un apuesto joven que ese día andaba de caza, y para callar su curiosidad, las colmó de joyas.” Psique lo describió como lo imaginaba. sus hermanas pasaron el día con ella, luego se despidieron hasta la otra ocasión.
 
Con el tiempo, y como no podía ser de otra forma, Psique quedó en cinta, y quiso compartir con sus hermanas la alegría. Eros rezongó pero, tras cruzar parecidas razones, acabó accediendo. 

Al día siguiente llegaron al palacio las hermanas. Felicitaron a Psique, la llenaron de besos y de nuevo le preguntaron por su marido.
 
-“Está de viaje, es un rico mercader, y a pesar de su avanzada edad sigue haciendo negocios…” 

Psique de pronto se dio cuenta que se había contradicho describiéndolo de otra manera y se sonrojó. Bajó la cabeza y acabó reconociendo lo poco que conocía de él, aparte de la dulzura de su voz y la humedad de sus besos…
 
- “Tiene que ser un monstruo”, dijeron ellas, aparentemente horrorizadas. "Has de hacer lo que te digamos o acabará por devorarte.”
 
– Y la ingenua Psique asintió.
 
-“Cuando esté dormido, coge una lámpara y con este cuchillo córtale la cabeza” 

Enseguida partieron, y dejaron sumida a Psique en un mar de turbaciones. Cayó la noche, y llegó con ella el amor, y tras el amor, el sueño. La curiosidad y el miedo tiraban de Psique, que se revolvía entre las sábanas. Decidida a enfrentar al destino, sacó por fin debajo de la cama el cuchillo y una lámpara de aceite. La encendió y la acercó despacio al rostro de su amor dormido. 

Al contemplar el rostro de su esposo por primera vez se encontró en presencia del propio dios Eros.  Joven y esplendoroso, con unos mechones dorados que acariciaban sus mejillas, y con un arco con
sus flechas a su lado. Al encontrarse con la más bella de las criaturas, Psiqué perdió la razón y se apasiona perdidamente por él. Pero, olvidó que tenía una lámpara en las manos y una gota de aceite cayó sobre el pecho de su amado despertándolo de un sobresalto.
 
Al ver traicionada su confianza, Eros se arrancó de los brazos de su amada y se alejó mudo y
pesaroso. En la distancia se volvió y dijo a Psique:

-“Llora, sí. Yo desobedecí a mi madre Afrodita desposándote. Me ordenó que te hiciera enamorar del
más miserable de los hombres, y aquí me ves. No pude yo resistirme a tu hermosura y te amé … Que te amé tú lo sabes. Ahora el castigo de tu traición será perderme.”

Y dicho esto se fue. Asustado, al ver que Psique lo desobedeció, la abandonó y le pidió a su madre, Afrodita, que cumpla la sentencia del oráculo. 

Abandonada por Eros, y fuera de sí, Psique primero intento ahogarse, más el río la devolvió de regreso a la orilla; después, desesperada, comenzó a andar de ciudad en ciudad buscando su marido. Quedó Psique desolada y se dedicó a vagar por el mundo buscando recuperar inútilmente, el favor de los dioses. 

Terminó llegando al palacio de Afrodita, que, aún rabiosa, menospreció el embarazo de la joven, le dio
unos cuantos golpes en la cara y la encerró con sus sirvientas Soledad y Tristeza. 

El caso es que Afrodita decidió someter a Psique a varias pruebas, convencida de que no podría
superarlas. En caso en que lo lograse, Afrodita le regresaría el contacto con Eros.

En la primera tarea, Afrodita ordenó a Psique que organice una enorme pila de semillas de tal forma que cada una de ellas esté “en su lugar apropiado” antes del anochecer. 
Psiqué hizo su mejor esfuerzo, pero desesperada, tomo conciencia que no llegaría a cumplir semenante tarea en el tiempo estipulado. Se angustió profundamente y comenzó a llorar. Al principio suave, y luego desconsoladamente. Inesperadamente sus lágrimas atrajeron a un batallón de hormigas que vinieron a ayudarla. Luego se sumaron a las compasivas hormigas, las cañas de los ríos y las aves del
cielo. Entre todos organizaron la pila de semillas por tipo y en su lugar apropiado, cumpliendo la imposible tarea.
 
En la segunda tarea, Afrodita ordenó a Psique que junte algunos vellos de los grandes y agresivos carneros dorados de sol que, mientras pastan en torno del río, se dan cornadas
disputando el dominio del rebaño. Psiqué creyó que la tarea sería fácil, pero al confrontarse con la poderosa y agresiva fuerza de los animales, no pudo lograr la tarea y entró en desesperación. El dios sol al percibir la escena, le dio un consejo reflejándose en las aguas del río: “A la noche, los carneros se duermen. Podrás entonces recoger, de aquellos arbustos, los vellones que dejan al refregarse durante el día”.
 
En la tercera tarea, Afrodita entregó a Psique un recipiente de cristal que ella debía llenar con las aguas que alimentaban los ríos de los infiernos. Esas aguas caen del más alto peñasco de una montaña inmensa, prácticamente imposible de ser escalada. Además de eso, el lugar es custodiado por peligrosos dragones. 
Una vez más, Psique lo intentó, pero entró en desesperación al sentirse incapaz de realizar esa tarea imposible. Sin embargo Zeus se manifiestó como un águila, tomó el recipiente de cristal de sus manos, lo llenó con agua de los ríos infernales y se lo regresó a Psique.

La cuarta y última tarea exigía a Psique que vaya al reino de los muertos y pida a Perséfone que le de un pote de su ungüento de belleza. Psique subió entonces a lo alto de una torre con la intención de suicidarse, pues pensaba que solo así podría entrar en el mundo de los muertos. 

Esa misma torre le advirtió que el suicidio no era el camino a seguir para obtener lo que ella quería, y le dió instrucciones para entrar en el reino de los Muertos. Le dijo no sólo donde estaba la entrada para el reino de los muertos, sino también como debía actuar.

Además debía llevar dos monedas en su boca – una la para entregarle al barquero en el viaje de ida y la otra para la vuelta – . Y un pedazo de pan en cada mano, para ofrecerle a Cerbero, el perro guardián de tres cabezas en la entrada y en la salida. 

La instruyó además que un hombre cojo que le pediría ayuda para recoger la leña caída al suelo por su mula, y ella debía decirle que no. Tampoco podría ayudar a salvar a un hombre que se estaría ahogando. Debía además rechazar la ayuda de un muerto para entrar en la embarcación y las solicitudes de las tres tejedoras del destino. 

Por fin, al conseguir el ungüento debía retornar inmediatamente y bajo ningún concepto abrir el pote.

Psique bajó a los infiernos en busca de la cajita que contenía hermosura divina. Cumplió disciplinadamente los pasos indicados por la torre. La última instrucción era que al conseguir el ungüento, ella debería retornar inmediatamente y bajo ningún concepto podía abrir el pote. 

Sin embargo en el camino de regreso, la invadió la tentación y ella misma quiso ponerse un poco del mismo. Al abrir la caja, un sueño insoportable se abatió sobre ella, propio del reino de la muerte. Psique quedó incosciente en el inframundo sin poder completar su regreso. 

En tanto, Eros, que ya había superado su sufrimiento, tomó conocimiento del accidente ocurrido con Psique y decidió volar hasta ella. cerró el pote extinguiendo sus poderes y la despertó con un toque de su flecha. 

Y le indicó: -“Lleva rápidamente la cajita a mi madre, que yo intentaré arreglarlo todo”. – y se fue
volando. 

Psique, finalmente, logró entregar el pote a Afrodita que la perdonó al reconocer su esfuerzo y capacidad para pasar todas las tareas. 

Por fin, Zeus transformó a Psique en diosa y avisó a todos los dioses que aprebaba el casamiento de ella con Eros. A petición de Eros, Zeus determinó que los amantes podían vivir juntos en la morada de los dioses. Así que Hermes tomó a Psique y la llevó al cielo, donde se hizo inmortal. 

Eros y Psique fueron felices y a su debido tiempo tuvieron una niña a la que en la tierra llamamos Voluptuosidad. Así, finalmente, todo se resolvió: Eros y Psique, es decir, el Amor y el Alma, permanecerán juntos por toda la eternidad.

jueves, 28 de agosto de 2014

Manawee

Manawee


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Un hombre fue a cortejar a dos hermanas gemelas. Pero el padre le dijo: "No podrás casarte con ellas hasta que no adivines sus nombres." Aunque Manawee lo intentó repetidamente, no pudo adivinar los nombres de las hermanas. El padre de las jóvenes sacudió la cabeza y rechazó a Manawee una y otra vez.
Un día Manawee llevó consigo a su perrito en una de sus visitas adivinatorias y el perrito vio que una hermana era más guapa que la otra y que la segunda era más dulce que la primera. A pesar de que ninguna de las dos hermanas poseía ambas cualidades, al perrito le gustaron mucho las dos, pues ambas le daban golosinas y le miraban a los ojos sonriendo.
Aquel día Manawee tampoco consiguió adivinar los nombres de las jóvenes y volvió tristemente a su casa. Pero el perrito regresó corriendo a la cabaña de las jóvenes. Allí acercó la oreja a una de las paredes laterales y oyó que las mujeres comentaban entre risas lo guapo y viril que era Manawee. Mientras hablaban, las hermanas se llamaban, la una a la otra por sus respectivos nombres y el perrito lo oyó y regresó a la mayor rapidez posible junto a su amo para decírselo.
Pero, por el camino, un león había dejado un gran hueso con restos de carne al borde del sendero y el perrito lo olfateó inmediatamente y, sin pensarlo dos veces, se escondió entre la maleza arrastrando el hueso. Allí empezó a comerse la carne y a lamer el hueso hasta arrancarle todo el sabor. De repente, el perrito recordó su olvidada misión, pero, por desgracia, también había olvidado los nombres de las jóvenes.
Corrió por segunda vez a la cabaña de las gemelas. Esta vez ya era de noche y las muchachas se estaban untando mutuamente los brazos y las piernas con aceite como si se estuvieran preparando para una fiesta. Una vez más el perrito las oyó llamarse entre si por sus nombres. Pegó un brinco de alegría y, mientras regresaba por el camino que conducía a la cabaña de Manawee, aspiró desde la maleza el olor de la nuez moscada.
Nada le gustaba más al perrito que la nuez moscada. Se apartó rápidamente del camino y corrió al lugar donde una exquisita empanada de kumquat se estaba enfriando sobre un tronco. La empanada desapareció en un santiamén y al perrito le quedó un delicioso aroma de nuez moscada en el aliento. Mientras trotaba a casa con la tripa llena, trató de recordar los nombres de las jóvenes, pero una vez más los había olvidado.
Al final, el perrito regresó de nuevo a la cabaña de las jóvenes y esta vez las hermanas se estaban preparando para casarse. "¡Oh, no! -pensó el perrito-, ya casi no hay tiempo." Cuando las hermanas se volvieron a llamar mutuamente por sus nombres, el perrito se grabó los nombres en la mente y se alejó a toda prisa, firmemente decidido a no permitir que nada le impidiera comunicar de inmediato los dos valiosos nombres a Manawee.
El perrito en el camino vio los restos de una pequeña presa recién muerta por las fieras, pero no hizo caso y pasó de largo. Por un instante, le pareció aspirar una vaharada de nuez moscada en el aire, pero no hizo caso y siguió corriendo sin descanso hacia la casa de su amo. Sin embargo, el perrito no esperaba tropezarse con un oscuro desconocido que, saliendo de entre los arbustos, lo agarró por el cuello y lo sacudió con tal fuerza que poco faltó para que se le cayera el rabo.
Y eso fue lo que ocurrió mientras el desconocido le gritaba: "¡Dime los nombres! Dime los nombres de las chicas para que yo pueda conseguirlas."
El perrito temió desmayarse a causa del puño que le apretaba el cuello, pero luchó con todas sus fuerzas. Gruñó, arañó, golpeó con las patas y, al final, mordió al gigante entre los dedos. Sus dientes picaban tanto como las avispas. El desconocido rugió como un carabao, pero el perrito no soltó la presa. El desconocido corrió hacia los arbustos con el perrito colgando de la mano.
"Suéltame, suéltame, perrito, y yo te soltaré a ti", le suplicó el desconocido.
El perrito le gruñó entre dientes: "No vuelvas por aquí o jamás volverás a ver la mañana." El forastero huyó hacia los arbustos, gimiendo y sujetándose la mano mientras corría. Y el perrito bajó medio renqueando y medio corriendo por el camino que conducía a la casa de Manawee.
Aunque tenía el pelaje ensangrentado y le dolían mucho las mandíbulas, conservaba claramente en la memoria los nombres de las jóvenes, por lo que se acercó cojeando a Manawee con una radiante expresión de felicidad en el rostro. Manawee lavó suavemente las heridas del perrito y éste le contó toda la historia de lo ocurrido y le reveló los nombres de las jóvenes. Manawee regresó corriendo a la aldea de las jóvenes llevando sentado sobre sus hombros al perrito cuyas orejas volaban al viento como dos colas de caballo. Cuando Manawee se presentó ante el padre de las muchachas y le dijo sus nombres, las gemelas lo recibieron completamente vestidas para emprender el viaje con él; le habían estado esperando desde el principio. De esta manera Manawee consiguió a las doncellas más hermosas de las tierras del río. Y los cuatro, las hermanas, Manawee y el perrito, vivieron felices juntos muchos años.
Krik Krak Krado, este cuento se ha acabado
Krik Krak Kron, este cuento se acabó