"Los cuentos son una medicina. Tienen un poder extraordinario; no exigen que hagamos, seamos o pongamos en práctica algo: basta con que escuchemos. Los cuentos contienen los remedios para reparar o recuperar cualquier pulsión perdida". Clarissa Pinkola Estés.

domingo, 6 de junio de 2021

La caravana en el desierto

 


El jefe de caravana de Benarés se atrevió a conducir una expedición de quinientos ca­rros ricamente cargados en un desierto endemoniado y sin agua. Advertido de los peligros había tomado la pre­caución de colocar en los carros inmensas jarras de agua, de manera que, racionalmente considerado, su proyecto de atravesar sólo sesenta leguas de desierto era factible. 

Pero cuando estaba a la mitad del camino el ogro que habitaba el desierto, pensó: “Haré que estos hombres tiren el agua que llevan.” De manera que creó un carro que deleitaba el alma; estaba tirado por jóvenes bueyes blancos, con las rue­das llenas de lodo y lo hizo aparecer por el camino en la dirección opuesta. Por delante y por detrás de él marcha­ban los demonios que formaban su comitiva, con las cabe­zas y las ropas mojadas, portaban coronas de lirios de agua azules y blancos, llevaban en sus manos ramos de flores de loto rojas y blancas, iban masticando los tallos fibrosos de los lirios y dejaban huellas de agua y de lodo. Cuando la caravana y el grupo de demonios se hicieron a un lado para dejarse pasar, el ogro saludó al jefe amistosamente. “¿Adón­de vais?” le preguntó cortésmente. A lo que contestó el jefe de la caravana. “Señor, venimos de Benarés. Pero vosotros os acercáis llenos de lirios de agua azules y blan­cos, con flores de loto rojas y blancas en vuestras manos; masticáis los tallos fibrosos de los lirios, venís salpicados de lodo y dejáis caer gotas de agua. ¿Llueve por el ca­mino por donde habéis venido? ¿Están los lagos comple­tamente cubiertos con lirios azules y blancos y con flores de loto blancas y rojas?”

El ogro: “¿Veis aquella línea de bosques verde oscuro? Detrás, todo el campo es una masa de agua; llueve todo el tiempo, los hoyancos están llenos de agua, y por todas partes se ven lagos completamente cubiertos de flores de loto rojas y blancas.” Luego, cuando los carros fueron pa­sando uno detrás del otro, preguntó: “¿Qué artículos lle­váis en ese carro?, ¿y en ese otro? El último parece muy pesado, ¿qué lleváis en él?” El jefe contestó: “Llevamos agua.” “Habéis actuado sabiamente, por supuesto, al traer agua hasta aquí; pero de aquí en adelante no hay necesidad de llevar esa carga. Romped los cántaros, tirad el agua y viajad más de prisa.” El ogro siguió adelante y cuando se perdió de vista, regresó a su propia ciudad de ogros.

El jefe de la caravana, movido por su propia tontería, siguió el consejo del ogro, rompió los cántaros e hizo avan­zar los carros. Más tarde, no encontró ni la más mínima partícula de agua. Por falta de agua para beber los hombres se cansaron. Viajaron hasta ponerse el sol, desuncieron los bueyes, pusieron los carros en círculo y amarraron los bueyes a las ruedas. No había agua para los bueyes, ni atole ni arroz cocido para los hombres. Los hombres debilita­dos se echaron aquí y allá y trataron de dormir. A la media noche, los ogros vinieron de su ciudad, asesinaron a todos los bueyes y los hombres, devoraron su carne, dejando sólo los huesos desnudos, y habiendo hecho así, partieron. Los huesos de las manos de los hombres y todos los otros huesos quedaron esparcidos en las cuatro direcciones y en las cuatro direcciones intermedias; los quinientos carros quedaron intactos.

El príncipe Cinco Armas y el ogro Cabello Pegajoso



Un joven príncipe que acababa de terminar sus estudios mili­tares bajo la dirección de un maestro mundialmente fa­moso. Habiendo recibido, como símbolo de su distinción, el título de príncipe Cinco Armas, aceptó las cinco armas que su maestro le dio, se inclinó y armado con sus nuevas armas, se puso en el camino que llevaba a la ciudad de su padre, el rey. Avanzó hasta que llegó a cierto bosque. La gente que vivía a la entrada del bosque trató de advertirle. “Señor príncipe, no entréis en este bosque —le dijeron—, aquí vive un ogro llamado Cabello Pegajoso; mata a todos los hombres que ve.”

Pero el príncipe era confiado y valeroso como un león de melena. Entró en el bosque y cuando llegó al centro el ogro se le apareció. El ogro había aumentado su estatura a la altura de una palmera; se había creado una cabeza tan grande como una casa de verano con un pináculo en forma de campana, unos ojos como cestos de limosna, dos colmillos como bulbos o capullos gigantes; un pico de hal­cón; la barriga estaba llena de ronchas y las manos y los pies eran verde oscuro. “¿Dónde vas? —le preguntó— ¡De­tente! ¡Eres mi presa!”

El príncipe Cinco Armas contestó sin temor y con gran confianza en las artes y tretas que había aprendido. “Ogro —dijo—, sabía a lo que me exponía cuando entré en este bosque. Harías bien en cuidarte de atacarme, porque atra­vesaré tu carne con una flecha mojada en veneno y te haré caer en tus huellas”.

Habiendo amenazado así al ogro, el joven príncipe puso en su arco una flecha mojada en veneno mortal y la disparó. Cayó en los cabellos del ogro. Luego disparó una detrás de la otra, cincuenta flechas. Todas se pega­ron en los cabellos del ogro. El ogro se sacudió cada una de las flechas, que cayeron a sus pies, y se aproximó al jo­ven príncipe.

El príncipe Cinco Armas amenazó al ogro por segunda vez y levantando su espada, le dio un golpe maestro. La espada, que tenía treinta y tres pulgadas de largo, se pegó a los cabellos de ogro. Entonces el príncipe quiso atrave­sarlo con una lanza, que también se pegó a sus cabellos; al ver que la lanza se había pegado, lo golpeó con un garrote, que también se pegó a sus cabellos. Cuando vio que el garrote se había pegado utilizó su cuchillo que se quedó pegado a los cabellos del ogro.

Al ver que sus armas se habían quedado pegadas al cabello del ogro le dijo: “Señor ogro, nunca habéis oído hablar de mí. Soy el prín­cipe Cinco Armas. Cuando entré en este bosque infestado por vos, no pensaba en arcos ni en armas parecidas; cuan­do entré en este bosque, pensaba sólo en mí mismo. Ahora voy a golpearos y a convertiros en polvo.” Habiendo dado a conocer su determinación y dando un alarido, golpeó al ogro con su mano derecha. La mano se pegó a los cabellos del ogro. Lo golpeó con la mano izquierda. También se le pegó. Lo mismo sucedió a su pie derecho. Lo golpeó con su pie izquierdo. También se le pegó. Pensó: “Le golpearé con mi cabeza y se ha de convertir en polvo.” Lo golpeó con la cabeza. Y también se le pegó en el cabello del ogro.

El príncipe Cinco Armas falló cinco veces, se pegó en cinco lugares y colgaba del cuerpo del ogro. Con todo eso, no estaba atemorizado; entretanto, el ogro pensó: “Éste es un hombre león, un caballero de noble nacimiento... no un simple hombre. Porque aunque ha sido atrapado por un ogro como yo, no parece temblar ni estremecerse. En el tiempo que he cuidado de este camino, no he visto nin­gún hombre que lo iguale. ¿Por qué no tendrá miedo?” Sin atreverse a comérselo, le preguntó: “Joven, ¿por qué no tie­nes miedo? ¿Por qué no estás aterrorizado con el miedo a la muerte?”

“Ogro, ¿por qué habría yo de tener miedo? Si se tiene una vida, es absolutamente seguro que se tendrá una muer­te. Es más, tengo en el vientre un trueno. Si me comes, no podrás digerir esa arma. Te romperé por dentro en peda­zos y fragmentos que han de matarte. En ese caso, ambos pereceremos. ¡Por eso no tengo miedo!”

El lector debe saber que el príncipe Cinco Armas se re­fería al Arma del Conocimiento que estaba dentro de él. Este joven héroe no era otro que el Futuro Buddha, en una reencarnación anterior.

“Lo que dice este joven es cierto —pensó el ogro, aterro­rizado con el miedo a la muerte—. Del cuerpo de este hom­bre león mi estómago no podría digerir ni un fragmento de carne del tamaño de un frijol. ¿Lo dejaré ir?” Y dejó ir al príncipe Cinco Armas. El Futuro Buddha le pre­dicó la Doctrina, lo dominó, lo enseñó a renunciar y luego lo transformó en el espíritu que debía recibir las ofrendas del bosque. Después de amonestar al ogro para que fuera prudente, el joven partió y a la entrada del bosque contó su historia a los seres humanos; luego siguió su camino.

Como símbolo del mundo al que nos mantienen aferra­dos los cinco sentidos y que no puede hacerse a un lado por las acciones de los órganos físicos, Cabello Pegajo­so fue vencido sólo cuando el Futuro Buddha, desposeído de las cinco armas de su nombre momentáneo y carácter físico, recurrió a la sexta arma, invisible y sin nombre, el trueno divino, el conocimiento del principio trascendente, que está detrás del reino fenoménico de los nombres y de las formas.

viernes, 28 de mayo de 2021

La Belleza - Luis Eduardo Aute

La Belleza 
Enemigo de la guerra y su reverso, la medalla
No propuse otra batalla que librar al corazón
De ponerse cuerpo a tierra
Bajo el paso de una historia
Que iba a alzar hasta la gloria
El poder de la razón
Y ahora que ya no hay trincheras
El combate es la escalera
Y el que trepe a lo más alto
Pondrá a salvo su cabeza
Aunque se hunda en el asfalto
La belleza
La belleza
La belleza, la belleza
La belleza
Míralos como reptiles, al acecho de la presa
Negociando en cada mesa maquillajes de ocasión
Siguen todos los railes
Que conduzcan a la cumbre
Locos, porque nos deslumbre
Su parásita ambición
Antes iban de profetas
Y ahora el éxito es su meta
Mercaderes, traficantes
Más que nausea dan tristeza
No rozaron ni un instante
La belleza
La belleza
La belleza, la belleza
La belleza
Y me hablaron de futuros fraternales, solidarios
Donde todo lo falsario acabaría en el pilón
Y ahora que no quedan muros
Ya no somos tan iguales
Tanto vendes, tanto vales
¡Viva la revolución!
Reivindico el espejismo
De intentar ser uno mismo
Ese viaje hacia la nada
Que consiste en la certeza
De encontrar en tu mirada
La belleza
La belleza
La belleza, la belleza
La belleza

Luis Eduardo Aute

jueves, 27 de mayo de 2021

LA ayuda sobrenatural. El príncipe Kamaru-s-Semán y la princesa Budur

 





Y así sucedió, como por azar, que en la vieja y abandonada torre en donde dormía Kamaru-s-Semán, el príncipe persa, había un viejo pozo y estaba habitado por una hechicera de la descendencia de Iblis el Maldito, llamada Maimuna, hija de Demaryat, un famoso rey de los genios. Como Kamaru-s-Semán seguía durmiendo hasta el segundo tercio de la noche, Maimuna salió de la fuente y quiso ir al firmamento, con la intención de escuchar, al acecho, las conversaciones de los ángeles, pero cuando salió del borde de la fuente y vio que una luz brillaba en la torre, contrariamente a lo que era costumbre, se maravilló, se acercó, atravesó la puerta y vio el lecho, donde había una forma humana con velas de cera cerca de su cabeza y un mosquitero extendido a sus pies, cerró las alas, se acercó a la cama y levantando la cubierta, descubrió el rostro de Kamaru-s-Semán. Y permaneció inmóvil durante una hora, de admiración y maravilla. Y cuando se recobró exclamó: “¡Loado sea Alá que lo creó y que de todos los creadores es el mejor!” Pues se ha de saber que aquel genio femenino era del número de los genios creyentes, no del de los infieles.

Se prometió que no le haría ningún daño a Kamaru-s-Semán y empezó a preocuparse de que por estar en ese lugar desierto, el príncipe fuera asesinado por alguno de sus parientes, los marid. Se inclinó sobre él y lo besó en medio de los ojos y luego colocó la sábana sobre su rostro; después abrió sus alas, se remontó en el aire y voló hasta alcanzar el más bajo de los cielos.

Ahora bien, como lo quiso la suerte o el destino, la alada ifritah Maimuna oyó repentinamente a su lado el ruidoso sacudir de unas alas. Dejándose guiar por el sonido, descubrió que venía de un ifrit llamado Dahnasch. Voló sobre él como un ave de rapiña y cuando él cayó en la cuenta y la reconoció como Maimuna, la hija del rey de los genios, se aterrorizó, los músculos de sus costados temblaron y le imploró piedad. Pero ella lo obligó a declarar de dónde venía a esta hora de la noche. Él contestó que regresaba de las islas del mar de la China, los imperios del rey Gayur, señor de las Islas, de los Mares y de los Siete Palacios.

“...Tuve ocasión de ver a la hija de ese rey que es tal, que no creó el Creador otra igual.” Y dedicó grandes alabanzas a la princesa Budur. “...Tiene una nariz afilada como la hoja de una brillante espada; y una mejillas rubicundas como el vino de púrpura y una boca cuyas labios son corales y rubíes engarzados y cuya saliva es más sabrosa que la miel y apaga con su frescura el fuego de la quemadura y cuya lengua se mueve a impulsos de la inteligencia y siempre dice la palabra discreta; y, para terminar, te diré que; sus pechos turgentes y erguidos son una tentación para el más acostumbrado a dominar sus sentidos, y dos antebrazos, suaves y torneados, como de ellos dijo Al-Ualahán, el poeta nombrado: 


Unas muñecas tiene, que si no fuera 

porque los brazaletes las aprisionan, 

luego en lluvia de plata se derritieran.” 


El elogio a su belleza continuó y cuando Maimuna lo hubo escuchado todo, permaneció silenciosa y estupefacta. Dahnasch describió al poderoso rey, su padre, sus tesoros, y los Siete Palacios y también la historia de la negativa al matrimonio de su hija. “Y yo, reina mía —continuó el efrit, dirigiéndose a su amiga— voy a verla todas las noches y me extasío contemplando su hermosura y la beso entre sus ojos con mucha ternura, en tanto ella duerme sin inquietud alguna; y tanto la amo, que no le hago el menor daño.” Expresó su deseo de que Maimuna fuera con él a China y admirara la belleza, la hermosura, la estatura y la perfección de las proporciones de la princesa. “Y después que la hayas visto podrás, si lo merezco, imponerme el castigo por haberte engañado y declararme cautivo. Que yo todo lo dejo a tu albedrío.”

A Maimuna le indignaba que alguien se atreviera a celebrar a cualquier criatura del mundo después de que ella había mirado a Kamara-s-Semán. Gritó, se rió de Dahnasch y escupió su rostro: “Pues yo esta noche he visto a un joven, que si a verlo llegaras, te daría un patatús y se te haría la boca agua.” Entonces ella lo describió. Dahnasch se mostró incrédulo de que alguien pudiera ser más hermoso que la princesa Budur y Maimuna le ordenó que viniera con ella y mirara.

“Oír es obedecer. Vamos, pues, allá” —accedió Dahnasch.

Descendieron y entraron en el salón. Maimuna puso a Dahnasch junto a la cama y estirando la mano estiró la colcha de seda del rostro de Kamaru-s-Semán; su rostro alumbraba, relucía, reflejaba y brillaba como el sol naciente. Ella lo miró por un momento, luego se volvió a Dahnasch y dijo: “¡Míralo, maldito, y no seas loco rematado; que yo soy hembra y por él he perdido la chaveta!”

“¡Por Alá, mi señora, que tenías razón en tus lisonjas! Pero hay que hacer cuenta también de otra cosa; y es que existe diferencia entre los varones y las hembras. Por Alá que éste tu amado es el que de todas las criaturas más se asemeja a mi adorada en punto a hermosura y perfección y belleza consumada y que el uno y la otra son tal para cual y se diría que entre ambos toda la belleza del mundo se halla repartida.”

La luz se convirtió en tinieblas a los ojos de Maimuna cuando oyó aquellas palabras y le azotó a Dahnasch la cara con las alas, con tal fuerza que por poco acaba con él. Y lo increpó diciendo: “Por el fulgor de su rostro y la majestad de su persona, te conjuro, ¡ye maldito!, a que vayas por tu novia ahora mismo y cargues con ella y aquí te la traigas en cumplimiento de tu palabra.”

Y así, incidentalmente, en un plano del que no tenía conciencia, el destino de Kamaru-s-Semán, el que había rechazado la vida, empezó a consumarse sin intervención de su voluntad consciente.


La Mujer Araña

 




Entre los indios americanos del suroeste el personaje favorito en este bienhechor papel es una Mujer Araña, una pequeña señora, como una abuela, que vive en el subsuelo. Los Dioses Gemelos de los Navajo, dioses de la guerra, en su camino a casa de su padre, el Sol, apenas habían dejado su hogar, siguiendo una huella celeste, cuando encontraron esa maravillosa figurita: “Los muchachos avanzaban rápidamente en la huella celeste, y poco después de la salida del sol, cerca de Dsilnaotil, vieron que salía humo del suelo. Fueron al lugar de donde el humo se levantaba, y descubrieron que salía de un hoyo de una cámara subterránea. Una escalera, negra a fuerza de humo, se proyectaba dentro del agujero. Se asomaron a la cámara y vieron una vieja, la Mujer Araña, que los miró y dijo: 

‘Bienvenidos, niños. Entrad. ¿Quiénes sois y de dónde venís caminando juntos?’ Ellos no respondieron, pero bajaron la escalera. Cuando alcanzaron el suelo, ella habló de nuevo, preguntando: ‘¿Adónde vais caminando juntos?’ ‘A ningún lugar en particular —contestaron—; llegamos aquí, porque no teníamos adónde ir.’ Ella repitió la pregunta cuatro veces y cada vez recibió una respuesta similar. Entonces dijo: ‘¿Tal vez vais en busca de vuestro padre?’ ‘¡Sí! —contestaron ellos—. Si sólo supiéramos el camino de su casa...’ ‘¡Ah! —dijo la mujer—, el camino de la casa de vuestro padre, el Sol, es largo y peligroso. Muchos monstruos habitan entre aquí y allá, y tal vez, cuando lleguéis, vuestro padre no os reciba con agrado y quizá os castigará por haber ido. Debéis pasar por cuatro lugares de peligro: las rocas que aplastan al viajero, las cañas que lo cortan en pedazos, los cactos que lo arañan hasta despedazarlo y las arenas hirvientes que lo ahogan. 

Pero os daré algo para vencer a vuestros enemigos y preservar vuestras vidas.’ Les dio un talismán llamado ‘pluma de los dioses extranjeros’, que consistía en un arco con dos plumas vitales prendidas (plumas arrancadas de un águila viva) y otra pluma vital para preservar su existencia. También les enseñó una fórmula mágica, que si era repetida a sus enemigos, aplacaría su cólera: ‘Inclinad vuestros pies con polen. Inclinad vuestras manos con polen. Inclinad la cabeza con polen. Entonces vuestros pies son polen, vuestras manos son polen, vuestro, cuerpo es polen, vuestra mente es polen, vuestra voz es polen. La huella es hermosa. Quedaos quietos.’”

El polen es el símbolo de la energía espiritual entre los indios ameri­canos del Suroeste. Se usa profusamente en todos los ceremoniales, para apartar el mal y como para señalar el camino simbólico de la vida.

La viejecita servicial y el hada madrina son personajes familiares al reino de las hadas europeo; en las leyendas cristianas de los santos ese papel lo representa generalmente la Virgen. La Virgen puede interceder para ganar la merced del Padre. La Mujer Araña con su tela puede dominar los movimientos del Sol. El héroe que llega bajo la protección de la Madre Cósmica no puede ser dañado.

jueves, 6 de mayo de 2021

La llamada: el príncipe Kamaru-s-Semán y la princesa Budur

 




El príncipe Kamaru-s-Semán joven y hermoso, el único hijo del rey Shahramán de Persia, rechazaba persistentemente las repetidas sugestiones, peti­ciones, demandas y finalmente mandatos de su padre, de que actuara en forma normal y tomara una esposa. La primera vez que se le planteó la cuestión el joven respon­dió: “Has de saber ¡ye padre mío! que a mí el matrimonio no me ofrece ningún atractivo. Pues sobre sus engaños y perfidias muchos libros he leído y muchos dichos he oído. Como el poeta dijo:


Si deseáis saber cómo las hembras son,

preguntádmelo a mí, que en ello soy doctor.

Y yo os digo que, en cuanto al hombre le blanquea

el pelo y en su bolso se acaban las monedas,

huyen de él las mujeres cual de la peste negra.


Y dijo también otro poeta:


Déjate de mujeres y conságrate a Alá;

el mozo que a las hembras sin freno se abandona,

prepárase una vida llena de malestar.

Que son tales las hembras, que al más pintado engañan

por más listo que sea; pues ellas lo son más.


Y luego en prosa llana, díjole el joven a su padre: ‘Des­de ahora te digo, padre mío, que jamás consentiré en casarme y a ello nunca me avendré, aunque la copa de la muerte me dieran a beber’.”

Cuando el sultán Shahramán oyó estas palabras de su hijo la luz se convirtió en tinieblas ante sus ojos y se llenó de desconsuelo; pero por el gran amor que le tenía no quiso repetir sus deseos ni se indignó, sino que le mostró toda clase de bondades.

Después de un año, el padre repitió su pregunta, pero el joven persistió en su negativa con otros versos de los poetas. Entonces el rey consultó a su visir. “¡Ye monarca glorioso! —respondióle el visir—. Lo que yo creo ahora deber aconsejarte es que aguardes a que pase otro año, en el cual no has de insistir sobre el tema matrimonial; y cuando ese año sea cumplido y pienses hablarle otra vez de casorio a tu hijo, no lo hagas a solas con él, sino en presencia de toda la corte regia, delante de toda la asam­blea de emires y visires, y no en secreto como hasta aquí hiciste.”

Cuando llegó el momento, sin embargo, y el rey Shahramán [68] dio su mandato en presencia de la corte, el príncipe inclinó la cabeza un momento, luego la levantó en dirección

a su padre y movido por locura juvenil y por ignorancia infantil, replicó: “Ya te he dicho, padre mío, que estoy decidido a no casarme jamás, aunque el cáliz de la muerte hubiera de apurar. Y he de decirte con franqueza que eres hombre de muchos años y de juicio escaso, pues ya antes de ahora me pediste dos veces que accediese a tomar es­posa y ambas te respondí lo mismo que hoy te acabo de decir. ¡Así que, por lo visto, chocheas y no vales ni para gobernar una piara de ovejas!” Así diciendo, Kamaru-s-Semán descruzó las manos de detrás de su espalda y se levantó las mangas hasta arriba de los codos ante su pa­dre, porque estaba furioso y dijo muchas otras palabras a su señor, sin saber lo que decía en la confusión de su espíritu.

El rey se sintió confundido y avergonzado, pues esto sucedió en presencia de la asamblea de los grandes y de los oficiales del reino, en ocasión de una gran ceremonia del Estado. Pero después, la majestad del reinado tomó posesión de él, le habló a gritos a su hijo y lo hizo temblar. Luego llamó a los guardas que estaban a su lado y ordenó: “¡Apresadlo!” Ellos se adelantaron y le echaron mano y atándolo lo trajeron ante su señor, que les ordenó que le sujetaran los codos a la espalda y de esta manera lo presen­taran ante él. El príncipe inclinó la cabeza lleno de temor y de aprensión, con la frente y la cara empapadas de sudor; la vergüenza y la confusión lo atormentaban vivamente. Entonces su padre lo insultó y lo envileció gritando: “¡Guay de ti, ye mi hijo, hijo bastardo y mal educado! ¿Cómo tienes la insolencia de contestarme así, delante de esta asamblea, en presencia de mis chambelanes y mis genera­les? ¡En verdad careces de la educación más elemental! ¿Por ventura no comprendes que si lo que acabas de hacer, lo hubiera hecho uno de mis vasallos, no habría salido tan bien librado?” El rey ordenó a sus soldados que soltaran sus codos y que lo aprisionaran en una torre de los casti­llos que guarnecían las fronteras.

Tomaron al príncipe y lo encerraron en una vieja torre, donde había una sala destruida y en el medio una fuente derribada; después de haberla limpiado trajeron un lecho y lo cubrieron con tapices y colocaron a su cabecera una almohada. Luego trajeron un mosquitero grande y encendieron [69] candelas, porque aquel lugar estaba oscuro aun durante el día. Finalmente, los soldados hicieron entrar a Kamaru-s-Semán y pusieron un eunuco en la puerta, y cuando todo estuvo hecho, el príncipe se dejó caer en el sofá con el espíritu triste y acongojado, culpándose y arre­pintiéndose de la injuriosa conducta que había tenido con su padre.

Mientras tanto, en el distante imperio de la China, la hija del rey Gayur, señor de las Islas, de los Mares y de los Siete Palacios, se hallaba en un caso parecido. Cuando se conoció su belleza y su fama y su nombre se extendieron a los países vecinos, todos los reyes la pidieron en matri­monio a su padre y él lo había consultado con ella, pero a la princesa le disgustaba hasta la palabra misma de ma­trimonio. “Ye padre mío, no tengo la menor intención de casarme y no me casaré en la vida; porque siendo yo seño­ra y reina, que sobre las gentes impera, no voy a querer un marido que sobre mí mande a su albedrío” Y mientras más pretendientes rechazaba, más crecía el interés de los solicitantes y toda la realeza de las islas de la China man­daba regalos y rarezas a su padre con cartas en que la pedían en matrimonio. Él insistía una y otra vez, aconse­jándola con respecto a sus esponsales, y ella siempre rehu­saba. Y él se llenó de perplejidad en lo que concernía a su actitud y a los reyes sus pretendientes. De manera que le dijo: “Está bien. Si realmente estás decidida a no ca­sarte en tu vida, yo nada en contra he de decir, pero absten­te en adelante de entrar y salir.” Acto seguido la internó en su cámara y encomendó su guarda a diez ancianas y le prohibió ir a los Siete Palacios. Además, aparentó estar in­dignado con ella y envió cartas a todos los reyes, hacién­doles saber que los genios le habían producido un ataque de locura.26

Con un héroe y una heroína que siguen la senda nega­tiva y entre ellos todo el continente de Asia, ha de reque­rirse un milagro para consumar la unión de esta pareja eternamente predestinada. ¿Podrá dicha fuerza romper el hechizo de negación a la vida y aplacar la cólera de los dos padres infantiles?


 Abreviado de Las mil y una noches, vol. I, pp. 1072-1082.

Dafne y Apolo



El dios griego Apolo llamaba de forma perturbadora a la fugitiva doncella Dafne, hija del río Peneo, cuando la perseguía sobre la llanura. “¡Oh ninfa, oh hija de Peneo, espera!”, la deidad la llamaba como la rana a la princesa del cuento de hadas. “Yo que te persigo no soy tu enemigo. No sa­bes de quién huyes, por esa razón huyes. Corre más lenta­mente, te lo suplico, y detén tu fuga. Yo también te seguiré más lentamente. Ahora detente y pregunta quién te ama.”

“Hubiera dicho más —dice la historia—, pero la don­cella continuó su fuga aterrorizada y lo dejó con las pala­bras en los labios, y aún en su carrera parecía hermosa. Los vientos desnudaron sus miembros, las brisas contrarias hicieron volar sus ropas mientras corría y un aire ligero mantenía sus cabellos flotando detrás de ella. Su belleza fue acrecentada por la fuga. Pero la caza llegó a su fin, porque el joven dios no quiso perder el tiempo en palabras mimosas y urgido por el amor la persiguió velozmente. Así como el sabueso de las Galias que ha visto un ciervo en la llanura y busca su presa con pies alados, y el ciervo su salvación; así él, a punto de apresarla, pensaba que la tenía y rozaba sus talones con las fauces abiertas; pero ella que no sabía si ya había sido capturada, apenas escapaba de las afiladas garras y dejaba atrás las fauces que casi se cerraban sobre ella; así corrían el dios y la doncella, el uno empujado por la esperanza y la otra por el temor. Pero él corría más rápidamente, llevado por las alas del amor, no le daba descanso, colgado sobre sus hombros esquivos y respirando sobre el pelo que flotaba sobre su cuello. Ya no tenía fuerza y pálida de terror y completamente deshecha por el cansancio de su rápida fuga, viendo cerca las aguas del río, su padre, gritó: ‘¡Oh, Padre, ayúdame! Si tus aguas aposentan la divinidad, cambia y destruye esta belleza con la cual he atraído demasiado.’ Apenas había hablado cuando un entumecimiento se apoderó de sus miembros y sus costados suaves se cubrieron con una delgada corteza. Su cabello se convirtió en hojas y sus brazos en ramas. Sus pies, hasta ahora tan suaves, se convirtieron [64] en nudosas raíces, y su cabeza no era ya sino la copa de un árbol Sólo quedó su fulgurante belleza.”15

Éste es, sin duda, un final triste y sin recompensa. Apolo, el sol, el dios del tiempo y de la madurez, abandonó su persecución y en cambio denominó al laurel su árbol favorito y recomendó irónicamente sus hojas a los que confeccionaban las coronas de la victoria. La joven se ha­bía refugiado en la imagen de su padre y allí había encontrado protección, como el marido fracasado cuyo sueño de amor maternal lo preservaba del estado que entrañaba el unirse a una esposa

lunes, 26 de abril de 2021

la llamada - Príncipe Gautama Sãkyamũni

 




El joven príncipe Gautama Sãkyamũni, el Futuro Buddha, había sido protegido por su padre de todo conocimien­to de la vejez, de la enfermedad, de la muerte y del mo­nacato, porque temía despertar en él pensamientos de renunciación a la vida, pues había sido profetizado a su na­cimiento que sería el emperador del mundo o un Buddha. El rey, prejuiciado en favor de la vocación real, dio a su hijo tres palacios y cuarenta mil bailarinas para conservar su mente apegada al mundo. Pero esto sólo sirvió para adelantar lo inevitable, porque cuando era relativamente joven, su juventud consumió todos los campos de los goces carnales y maduró para la otra experiencia. Cuando el príncipe estuvo preparado, los heraldos aparecieron auto­máticamente:

“Cierto día el Futuro Buddha deseó ir al parque y le dijo a su cochero que alistara la carroza. El hombre trajo una carroza elegante y suntuosa y después de adornarla rica­mente, colocó en los arneses cuatro hermosos caballos de la sangre de Sindhava, tan blancos como los pétalos de los lotos blancos, y anunció al Futuro Buddha que todo estaba preparado. El Futuro Buddha subió a la carroza que era como un palacio para los dioses y se dirigió al parque.

‘El momento de la iluminación del príncipe Siddhartha se acerca —pensaron los dioses— debemos hacerle una se­ñal’, y convirtieron a uno de ellos en un anciano decrépito, con los dientes rotos, el cabello gris, el cuerpo torcido e in­clinado, que se apoyaba en un bastón y temblaba, y se lo mostraron al Futuro Buddha, pero en forma que sólo él y el cochero pudieran verlo.

Entonces el Futuro Buddha dijo a su cochero: ‘Amigo, dime quién es este hombre. Ni siquiera su pelo es como el de los otros hombres.’ Y cuando oyó la respuesta, dijo: ‘Vergüenza de nacer, si todo aquel que ha nacido ha de hacerse viejo.’ Y con el corazón agitado regresó y ascendió a su palacio.

‘¿Por qué ha regresado mi hijo tan pronto?’, preguntó el rey.

Señor, ha visto a un viejo —fue la respuesta—, y porque lo ha visto quiere retirarse del mundo.’

[60]

‘¿Quieres matarme, que dices esas cosas? Que prepa­ren inmediatamente unas representaciones para que las vea mi hijo. Si podemos lograr que disfrute del placer dejará de pensar en retirarse del mundo.’ Entonces el rey mandó que su guardia se extendiera media legua en cada di­rección.

Otro día, que el Futuro Buddha deseó ir al parque, vio a un hombre enfermo que los dioses le habían enviado y habiendo hecho la misma pregunta, regresó con el corazón agitado y ascendió a su palacio.

El rey hizo la misma pregunta y dio la misma orden que había dado antes y aumentó su guardia y la colocó a tres cuartos de legua en redondo.

Y otro día que el Futuro Buddha volvió al parque, vio un hombre muerto que los dioses le habían enviado y habiendo hecho la misma pregunta, regresó con el corazón agitado y ascendió a su palacio.

Y el rey hizo la misma pregunta y dio las mismas órdenes que había dado antes y extendió la guardia de nuevo y la colocó una legua en redondo.

Y otro día en que el Futuro Buddha volvió a ir al par­que, vio un monje, cuidadosa y decentemente ataviado, que los dioses le habían enviado y le preguntó a su cochero: ‘Dime, ¿quién es ese hombre?’ ‘Señor, ése es uno de los que se han retirado del mundo’, y el cochero empezó a cantar las alabanzas del retiro del mundo. La idea del retiro del mundo fue del agrado del Futuro Buddha.”9

Este primer estadio de la jornada mitológica, que hemos designado con el nombre de “la llamada de la aventura”, significa que el destino ha llamado al héroe y ha transferi­do su centro de gravedad espiritual del seno de su sociedad a una zona desconocida.


9 Reproducido con el permiso de los editores de Henry Clarke Warren, Buddhism in Translations (Harvard Oriental Series, 3; Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1896), pp. 56-57.

La llamada - el rey rana

 


“Hace mucho tiempo, cuando los deseos podían todavía conducir a algo, vivía un rey con sus hijas que eran todas hermosas; pero la más joven era tan hermosa que el mis­mo sol, que había visto tantas cosas, se maravillaba cada vez que brillaba sobre su rostro. Cerca del castillo de este rey había un gran bosque oscuro y en este bosque, debajo de un viejo limonero, había una fuente y cuando el día es­taba muy caluroso, la hija del rey iba al bosque y se sentaba a la orilla de la fresca fuente. Para entretenerse llevaba una pelota de oro, la lanzaba a lo alto y la recogía, pues éste era su juguete favorito.

Sucedió un día que la pelota de oro de la princesa no cayó en la manita extendida en el aire, sino que pasó a través de ella, rebotó en el suelo y fue rodando directa­mente al agua. La princesa la siguió con los ojos, pero la pelota desapareció, y la fuente era profunda, tan pro­funda que el fondo no podía verse. Entonces empezó a llorar y su llanto fue cada vez más fuerte, pues nada podía consolarla. Mientras estaba lamentándose de esta manera, oyó que alguien le hablaba: ‘¿Qué te pasa, princesa? Lloras tanto que hasta las piedras se compadecerían.’ Ella miró a su alrededor para ver de dónde venía la voz y encontró una rana, que asomaba fuera del agua su cabeza gorda y fea. ‘Eres tú, vieja Ama del Agua —dijo—. Lloro por mi pelota de oro, que cayó en la fuente.’ ‘Tranquilízate, no llo­res —contestó la rana—. Yo puedo ayudarte. Pero ¿qué me darás si te devuelvo tu juguete?’ ‘Lo que quieras, querida rana —le contestó—, mis ropas, mis perlas y mis joyas y has­ta la corona de oro que llevo.’ La rana dijo: ‘No quiero ni tus ropas, ni tus perlas, ni tus joyas, ni tu corona de oro, pero si cuidas de mí y me dejas ser tu compañera de juegos y tu amiga, si me dejas sentar a tu lado en tu mesita, comer de tu platito de oro, beber en tu tacita y dormir en tu camita, me sumergiré y te traeré tu pelota de oro.’ ‘Muy bien’, dijo ella. ‘Te prometo todo lo que quieras si me das [54] la pelota’, pero pensó: ‘Cuánto habla esa rana tonta. Vive en el agua con los de su especie y nunca podría ser la com­pañera de un ser humano.’

Tan pronto como la rana hubo obtenido la promesa, hundió su cabeza y se sumergió y poco después regresó nadando: tenía la pelota en la boca y la puso sobre la hierba. La princesa se ensoberbeció cuando vio su hermoso juguete. Lo levantó y se fue corriendo. ‘Espera, espera —gritó la rana—, llévame contigo, no puedo correr como tú.’ Pero de nada le sirvió aunque croaba tan fuertemente como podía. Ella no le prestó la menor atención sino que apresuró el paso y pronto se hubo olvidado completamente de la pobre rana, que seguramente tuvo que saltar de nuevo al agua.”1

Este es un ejemplo de una de las formas en que puede empezar una aventura. Una ligereza —aparentemente ac­cidental— revela un mundo insospechado y el individuo queda expuesto a una relación con poderes que no se entien­den correctamente. Como Freud ha demostrado,2 los erro­res no son meramente accidentales. Son el resultado de deseos y conflictos reprimidos. Son ondulaciones en la su­perficie de la vida producidas por fuentes insospechadas. Y éstas pueden ser muy profundas, tan profundas como el alma misma. El error puede significar un destino que se abre. Así sucede en este cuento de hadas, donde la desaparición de la pelota es el primer signo de que algo le va a suceder a la princesa, la rana es el segundo, y la promesa no cumplida es el tercero.


viernes, 16 de abril de 2021

Teseo y el Minotauro

 





Se cuenta, por ejemplo, la historia del gran Minos, rey de la isla de Creta en el período de su supremacía comer­cial, que contrató al celebrado arquitecto Dédalo para que inventara y construyera un laberinto con el objeto de es­conder en él algo de lo cual el palacio estaba al tiempo avergonzado y temeroso. Porque en la historia figura un monstruo, nacido a Pasifae, la reina. Se dice que el rey Minos estaba dedicado a atender batallas importantes para proteger las rutas comerciales; mientras tanto, Pasifae había sido seducida por un toro magnífico, blanco como la nieve y nacido del mar. Lo cual no era en realidad sino lo que la madre de Minos había permitido que le suce­diera a ella: la madre de Minos era Europa y es bien sabido que fue un toro quien la llevó a Creta. El toro ha­bía sido el dios Zeus y el privilegiado hijo de aquella unión era el mismo Minos, ahora respetado por todos y servido con veneración. ¿Cómo iba a saber Pasifae que el fruto de su propia indiscreción sería un monstruo, este hijo con cuerpo humano pero con cabeza y rabo de toro? 

La sociedad culpó gravemente a la reina, pero el rey tenía conciencia de que parte de la culpa era suya. El toro en cuestión había sido enviado hacía tiempo por el dios Poseidón, cuando Minos contendía con sus hermanos por el trono. Minos había sostenido que el trono era suyo por derecho divino y había pedido al dios que mandara un toro del mar, como señal, y había sellado la plegaria con el juramento de sacrificar al animal inmediatamente, como ofrenda y símbolo de servidumbre. El toro apareció y Minos subió al trono; pero cuando pudo apreciar la majestad de la bestia que se le había enviado, pensó en las ventajas que le traería el ser dueño de tal ejemplar y decidió arriesgar una sustitución mercantil, que supuso que el dios no tomaría en cuenta. Por lo tanto, ofrendó en el altar de Poseidón el mejor toro blanco que poseía y agregó el otro a su ganado.

Pero en palacio, la reina había sido inspirada por Poseidón con una irrefrenable pasión por el toro y había logrado que el artista de su esposo, el incomparable Dédalo, le cons­truyera una vaca de madera que engañara al toro, en el cual se ocultó de buena gana y el toro fue engañado, La reina dio a luz un monstruo, el cual, al paso del tiempo, empezó a convertirse en un peligro. Y Dédalo fue llamado de nuevo, esta vez por el rey, para que construyera la tre­menda cárcel del laberinto, con pasajes ciegos, con el objeto de esconder aquella cosa. Tan perfecta fue la invención que Dédalo mismo, cuando la hubo terminado, difícilmente pudo regresar a la entrada. Allí se encerró al Minotauro y desde entonces fue alimentado con mancebos y doncellas vivos, arrebatados como tributo a las naciones conquistadas por el dominio cretense.

De acuerdo con la antigua leyenda, la falta original no fue de la reina sino del rey, y él no pudo culparla, porque recordaba lo que había hecho. Había convertido un asunto público en un negocio personal, sin tener en cuenta que el sentido de su investidura como rey implicaba que ya no era meramente una persona privada. La devolución del toro debería haber simbolizado su absoluta sumisión a las fun­ciones de su dignidad. El haberlo retenido significaba, en cambio, un impulso de engrandecimiento egocéntrico. Así el rey elegido “por la gracia de Dios”, se convirtió en un peligroso tirano acaparador. Así como los ritos tradicionales de iniciación enseñaban al individuo a morir para el pasado y renacer para el futuro, los grandes ceremonia­les de la investidura lo desposeían de su carácter privado y lo investían con el manto de su vocación. Ese era el ideal, ya se tratara de un artesano o de un rey.

Teseo, el héroe que mató al Minotauro, vino a Creta de fuera como símbolo y brazo de la creciente civilización de los griegos. Era lo nuevo y lo vivo. Pero también es posible buscar el principio de regeneración y encontrarlo dentro de los muros mismos del imperio del tirano.

Ariadna, la hija del rey Minos, se enamoró del hermoso [30] Teseo cuando lo vio desembarcar del bote que había traído al lastimoso grupo de mancebos y doncellas atenienses para el Minotauro. Encontró la manera de hablar con él y le dijo que le daría los medios de salir del laberinto si le prometía llevársela de Creta y hacerla su esposa. Él lo prometió así. Ariadna pidió ayuda al hábil Dédalo, por cuyo arte el laberinto había sido construido y había sido posible a la madre de Ariadna dar a luz su habitante.

Dédalo le dio sencillamente un ovillo de hilo de lino, el cual debería ser amarrado a la entrada por el héroe ex­tranjero y desenrollado conforme avanzara. Es poco, en realidad, lo que necesitamos. Pero sin ello, la aventura den­tro del laberinto es desesperada.

Esta ayuda está al alcance de la mano. Y es muy cu­rioso que el mismo científico que al servicio del rey culpa­ble había sido el cerebro que concibió el horror del laberin­to, con la misma facilidad pudo servir para alcanzar la meta de la libertad.